Creo que la frase que he repetido más como psiquiatra es “tenemos que evitar patologizar el sufrimiento humano”. Y el duelo, esa reacción emocional necesaria tras la pérdida de un ser querido, es la máxima expresión de ello. Por eso insisto siempre en que no debemos pretender tratar el duelo, ni con fármacos ni con terapia; debemos atravesarlo, transcurrir por él, dejarnos cambiar por él. A lo largo de la historia, sobrevivir a un ser querido ha supuesto un acontecimiento público, estructurado y dilatado en el tiempo, en el que las comunidades ofrecían un marco cultural para contener y encauzar el dolor. Esos rituales -que hoy orgullosamente desdeñamos- ofrecían llorar, acompañar, narrar y recordar (esto es, lo que necesitamos en esos momentos). En cambio, nuestra sociedad del rendimiento y del placer convierte este sufrimiento en una anomalía individual que hay que resolver pronto, y ofrece para ello: distracción forzada, positividad, psicología exprés y ansiolíticos. Aborda el duelo como una molesta y tonta depresión que se irá si no le hacemos demasiado caso. Pero no suele irse y, al cabo de un año o más, a pesar de los múltiples “hay que seguir adelante”, “sal de esto” y “sé fuerte”, la persona desolada acude a la consulta, convertida en paciente, a recibir un tratamiento. El Trastorno por Duelo Prolongado hace referencia a cuando el proceso de duelo deja de ser adaptativo, es persistente y evita que el sujeto recupere su funcionalidad. Su clínica se parece mucho a la depresión mayor y, a veces, al estrés postraumático; se asocia, como estas, a mayor mortalidad por causa física. La clave no está en la intensidad o duración del dolor, está en su rigidez. Al no haberse producido la transformación que implica el duelo adaptativo, el mundo interno queda “fijado” a la presencia del ausente y sanar supone ya “traicionar” al fallecido. Esto tiene su explicación. Hoy sabemos que el cerebro humano está cableado para tener vínculos: las redes de apego -con estructuras como la amígdala, la ínsula o regiones del córtex prefrontal- se activan tanto con la presencia del ser querido como con su evocación. Cuando este vínculo desaparece de forma abrupta, el sistema de apego entra en un estado de búsqueda sostenida. Pero lo relevante no es que esto ocurra, sino que no logra apagarse. Varios estudios de neuroimagen demuestran que, en personas con duelo complicado, la exposición a recuerdos del fallecido activa de manera persistente el circuito de recompensa cerebral. ¿Qué explicación tiene este hallazgo, casi paradójico? Pues que estos cerebros están esperando aún al ser querido; la recompensa no llega, pero el sistema sigue encendido. El duelo es, de esta forma, una predicción afectiva que se resiste a aceptar la realidad. Es necesaria una actualización emocional, más allá de la comprensión cognitiva: el cerebro necesita sentir la dolorosa ausencia para poder integrarla. Más informaciónEn la evaluación del paciente con duelo hay que diferenciar, por tanto, el dolor que paraliza y el dolor que transforma. No se trata de medir plazos con un reloj suizo, sino evaluar la flexibilidad emocional del paciente y detectar si la maquinaria del vínculo ha quedado congelada o rota. Porque la separación social genera un patrón neural similar al daño tisular (el daño en los tejidos físicos). No es metáfora. Es literalmente un solapamiento neuronal: el cerebro no distingue entre perder a alguien y ser herido. Esta realidad biológica confirma la conmovedora frase de C.S. Lewis en Una pena en observación: “Nadie me había dicho que el duelo se pareciera tanto al miedo”. Y por eso mismo la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, en su Notas sobre el duelo, recoge la muerte súbita de su padre, profesor de universidad, y dice “la muerte es una violencia”.Pero hay más. La muerte de un ser querido exige reconfigurar la narrativa personal. El problema es que, en el duelo prolongado, observamos una hiperconexión cerebral que encierra a la persona en una rumiación constante y reduce su capacidad para planificar. Esto impide, como anota C.S. Lewis, “imaginar un futuro sin ella” y provoca una fragmentación de la propia biografía; eso que Roland Barthes constató: “La muerte de la madre pone al descubierto la precariedad de mi ser”. El intelectual francés, en su Diario de duelo, no intenta explicar nada, no concluye nada. Solo deja constancia de que la pérdida rompe su sintaxis interna. Afortunadamente, existen psicoterapias eficaces para abordar este bloqueo. No se trata de olvidar al fallecido, sino de recolocar el vínculo: permitir que el recuerdo siga formando parte de la identidad, sin anular la capacidad de vivir. El objetivo final es que las redes de apego actualicen la información esencial: la persona amada ya no está, pero el mundo no se ha derrumbado. Una paciente mía lleva siempre al cuello un colgante con la fotografía de su hija, muerta por suicidio hace veinte años. No se lo quita jamás. Para ella, hacerlo equivaldría a traicionarla, a borrar su presencia y, de paso, a anularse como madre. “Me iré a la tumba con el colgante”, repite. Yo preferiría que, algún día, pudiera desprenderse de él, aunque fuera un momento. Y me gustaría recordarle la frase de Niveles de vida, de Julian Barnes: “El duelo es un amor transformado”. Lo que tenemos claro es que el duelo no es un proceso lineal, ni una serie de fases que se puedan tachar como casillas, ni una depresión transitoria causada por mero desbalance bioquímico. Es un trastorno del tiempo y del cuerpo. Es, como sugiere Joan Didion en El año del pensamiento mágico, “el esfuerzo por que el mundo siga siendo reconocible cuando ya no lo es”. Es, como escribe Barthes, “una intemperie permanente”. Si algo nos enseñó la pandemia es que la muerte necesita rituales para ser elaborada. En una sociedad centrada en la productividad individual, el duelo complicado no es solo un creciente fenómeno clínico, sino un síntoma cultural. Recuperar espacios comunitarios para despedir, recordar y narrar las pérdidas no es un gesto sentimental: es una estrategia de salud pública.

Shares: