“El fascismo puede definirse como una forma de comportamiento político que se caracteriza por la obsesión por el declive, la humillación o el victimismo de la comunidad y el culto compensatorio a la unidad, la energía y la pureza; y en la que un partido de masas formado por militantes nacionalistas entregados —con los que colaboran de forma incómoda pero eficaz las élites tradicionales— abandona las libertades democráticas y persigue, con violencia redentora y sin restricciones legales, unos objetivos de limpieza interna y expansión externa”. Robert Paxton, Anatomía del fascismo, 2004 (Ed. española, 2019)Para Paxton, destacado estudioso del fascismo, el violento asalto al Capitolio cometido el 6 de enero de 2021 fue lo que convirtió algo que, a su juicio, era un movimiento populista autoritario en fascismo propiamente dicho. Aunque hay una bibliografía inmensa sobre el tema y la definición de fascismo es polémica, muchos especialistas en este fenómeno no lo circunscriben a sus manifestaciones del siglo XX, sino que lo consideran una forma genérica y posdemocrática de política que trasciende el tiempo y el espacio.¿Importa saber si al régimen que ha consolidado su poder en Estados Unidos a toda velocidad debemos llamarlo populismo autoritario o fascismo?En mi opinión, sí. La retórica moldea la percepción y transmite las emociones. El júbilo beligerante de los mítines de Trump, como los mítines de masas de Italia, España y Alemania, son una especie de exorcismo colectivo. Los demonios internos del malestar cultural generalizado se descargan sobre algún otro muy conveniente: feministas, intelectuales, científicos, demócratas. Judíos, inmigrantes, gente de color, las comunidades LGTBQ, las personas con discapacidad. La culpa de que yo me sienta mal la tienen ellos, no yo ni los míos. Nosotros somos los verdaderos estadounidenses, los blancos inocentes y asediados que empezamos a levantarnos para ocupar el lugar que nos corresponde en la cima de la jerarquía, tal como dictan Dios, la naturaleza o el propio Gran Líder. Trump ha proporcionado a sus seguidores una vía rápida para pasar de la vergüenza al orgullo. Los blancos estadounidenses no han perdido estatus, pero es cierto que, en los últimos tiempos, otras personas que hasta ahora no habían participado nunca en la vida política han ascendido a puestos de poder; y ellos consideran que ese ascenso los humilla. Barack Obama, nuestro presidente negro, que gobernó durante dos mandatos, Kamala Harris, nuestra vicepresidenta afroasiática, e incluso Hillary Clinton, blanca pero mujer, constituían graves afrentas contra el orden establecido. Cuando Trump muestra abiertamente su intolerancia y crueldad, está autorizando a los demás a hacerlo también y, por consiguiente, los libera de todo sentimiento de culpa social por sus propios prejuicios.Lo que muchos no entendieron, en la prensa y los llamados “medios tradicionales”, fue que eso reconfortaba enormemente a quienes formaban parte del mundo MAGA. Que se creyeran o no el contenido de los discursos de Trump —si los haitianos se comían a sus mascotas o no— era lo de menos.A la definición de Paxton yo le añadiría otra palabra: el fascismo se caracteriza por el culto compensatorio a la masculinidad, la unidad, la energía y la pureza.Todas las versiones del fascismo que he estudiado, pasadas y presentes —incluidos los rasgos fascistas del Hindutva, el nacionalismo hindú, que tenía estrechos vínculos con Italia y Alemania en la década de 1930 y que sigue vivo en la India de Modi—, están obsesionadas con el miedo a la castración y con la gloria del heroísmo y la brutalidad viriles. Todos los Estados fascistas europeos impusieron el ideal de unas rígidas categorías binarias de género y arrebataron a las mujeres derechos de los que ya disfrutaban. También se implantaron políticas eugenésicas para controlar la reproducción de las personas “adecuadas”, aunque con variaciones legales según cada país. En Italia y España había que contentar a la Iglesia, pero no así en Alemania, donde el Estado empleó la esterilización y el asesinato como herramientas. Hoy, en EE UU, hay 31 estados en los que continúan en vigor unas leyes de esterilización forzosa que nunca se derogaron.Ahora, J. D. Vance y Elon Musk promueven el natalismo. El presidente habla constantemente de “genes defectuosos” y “bajo cociente intelectual” y de esa forma vuelve a apelar a viejas ideas que parecen no morir jamás. La manosfera bulle de desprecio por la ginecocracia, los “chicos de soja” —poco masculinos— y todas las cosas que se consideran de mujeres, desde pedir una ensalada en lugar de un filete hasta estudiar artes en lugar de física, pasando por grandes abstracciones como la compasión, la negociación y la propia democracia.No olvidemos que muchos de los asaltantes del 6 de enero iban disfrazados de guerreros o bestias de algún tipo: vikingos, vaqueros, colonos revolucionarios, hombres de las cavernas, animales con cuernos, cazadores y superhéroes de Marvel. La masculinidad belicosa y la misoginia que la acompaña no son secundarias en el fascismo. Los trajes alimentaban la fantasía de un cuerpo masculino al mismo tiempo impenetrable y sobrenatural.Los carteles, llaveros, tazas, calzoncillos y otros artículos del movimiento MAGA retratan a Trump como Superman, Ironman, un héroe del Oeste, un caballero con su reluciente armadura y muchas otras imágenes de ese tipo. Reinventan al anciano cada vez más frágil, grueso y de facultades intelectuales mermadas como una criatura musculosa y a prueba de balas, propia de los cómics y la ficción cinematográfica. El fascismo no respeta el principio de realidad. Establece un mundo hermético propio con su propia lógica alternativa.La verificación de datos, que por supuesto es útil, no puede pinchar el globo de MAGA. Es más, resulta vagamente patético que los periodistas señalen los errores con la esperanza de que la otra parte se dé cuenta.Los grandes medios de comunicación a los que desconcertaron todos esos seguidores de MAGA que se negaban a aceptar la derrota de Trump frente a Joe Biden en 2020 no pensaron que las diferencias de género fueran un aspecto crucial. Una cosa es perder frente a dos mujeres, pero otra muy distinta perder frente a un hombre blanco. Si Trump es infalible, un ser casi omnipotente, tenía que ganar. Reconocer la derrota destruye la mitología y, sin ella, MAGA no es nada. Compensa los terrores de la castración.Debemos llamar el segundo mandato de Trump y a sus secuaces por su nombre.Los medios de comunicación estadounidenses deben dejar de utilizar la palabra “conservador” para referirse a los personajes y las políticas de extrema derecha y a los think-tanks que los apoyan. Estas personas no están conservando nada. Su objetivo es destruir el gobierno, atacar las universidades, acabar con la libertad de expresión, el pluralismo y el Estado de derecho, encarcelar y deportar ilegalmente a personas sin papeles y a ciudadanos legales por igual y fabricar mentiras oficiales sin parar. ¿Qué es lo que quieren? Muchos de ellos desean instaurar una nación patriarcal, cristiana y blanca.Los medios de comunicación tienen que dejar sus peroratas sobre la polarización y sus llamamientos sentimentales al diálogo. Los estadounidenses están polarizados con motivo. A nadie se le ocurriría hoy decir que, si unos grupos judíos se hubieran sentado a conversar amigablemente con Hitler, se habría podido evitar el Holocausto.El ICE se dedica a la limpieza interna. Se está muriendo gente.El ejército se ocupa de la expansión externa. Estados Unidos está “gobernando” Venezuela y ya ha amenazado a Cuba, México, Colombia y Groenlandia.Recuerdo la época en la que Donald Trump era un payaso, un chiste.La prensa internacional también consideraba un payaso a Adolf Hitler, hasta que dejó de serlo.En MAGA empiezan a aparecer grietas. Hacerse con el poder no es lo mismo que conservarlo. La esperanza puede fomentar el cambio. La resistencia es fundamental y en este país hay un movimiento amplio y perseverante que va a seguir luchando aunque aumenten los peligros. Pero es esencial saber a qué nos oponemos; no es conservadurismo. Es un nuevo tipo de fascismo que afecta al mundo entero.Siri Hustvedt es una escritora y ensayista estadounidense. Su último libro publicado en España es El hechizo de Lily Dahl (Seix Barral).Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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