
El grupo Cántico, uno de los fenómenos más singulares de la poesía española del siglo XX, pudo haber desaparecido sin dejar rastro. En 1976, cuando el poeta Guillermo Carnero dedicó un estudio antológico a esta revista que había publicado su último número dos décadas antes, su legado había caído en el olvido. “Cuando oí hablar de ellos, a primeros de los setenta, no había ni un solo libro suyo en las librerías. Era una ausencia total”, recuerda el escritor Luis Antonio de Villena, que acaba de publicar un libro, La vida exquisita y esquiva de Julio Aumente (Editorial Cántico), que reúne recuerdos ligados al miembro más díscolo y heterodoxo de aquel colectivo efímero. Más informaciónCántico fue, en su momento, un fenómeno marginal y precario: una revista literaria de vida breve —tuvo dos etapas, entre 1947 y 1949, y entre 1954 y 1957— impulsada por un grupúsculo de jóvenes autores cordobeses: Pablo García Baena, Ricardo Molina, Juan Bernier, Mario López y el citado Julio Aumente. La Guerra Civil estaba muy reciente y la poesía de la época, que comenzaba a abrirse a lo social, solo admitía el existencialismo religioso y el clasicismo patriótico. En aquella publicación de tirada corta, cuidadosamente ilustrada por Miguel del Moral, se reivindicaba a Lorca, a Cernuda y a Aleixandre, nombres proscritos en los cenáculos franquistas. Sus promotores traducían a Rilke o Gide, publicaban artículos críticos y sus propios poemas. Pero no tuvieron éxito. Tras la segunda intentona, cundió el desánimo. Se dedicaron a otras cosas y se olvidaron de la poesía.El tiempo, sin embargo, parece haberles dado la razón. Cincuenta años después de la publicación del ensayo que los devolvió a la vida —El grupo Cántico de Cordoba, reeditado y ampliado por Carnero en 2009—, quien desee acercarse a la obra de estos autores tiene a mano ediciones de obras completas, ensayos, biografías y hasta documentales. Nada de esto habría existido sin la recuperación llevada a cabo por los Novísimos, la generación a la que pertenecieron De Villena y Carnero, y que reconoció en aquellos poetas cordobeses unos precursores de su forma de entender la poesía: culturalista, barroca, vitalista y llena de esteticismo. “La verdad es que nos gustaba buscar padres”, reconoce De Villena. “Ellos vivieron el fin de Cántico como una derrota. Sintieron que su propuesta estética no tenía eco. El auge de la poesía social hizo que en los cincuenta parecieran anticuados, cuando los de mi generación nos dimos cuenta de que en realidad eran algo nuevo que reavivaba una tradición”. Luis Antonio de Villena junto a Julio Aumente en casa de este, durante los años noventa del siglo pasado, en una foto distribuida por la editorial Cántico.Sostiene una opinión similar el editor Raúl Alonso. “El grupo Cántico fue una isla de libertad y belleza en el panorama cultural español de los años cuarenta”, explica Alonso, que en 2009 bautizó su casa de edición —la misma donde se acaba de publicar la biografía de Julio Aumente— como Editorial Cántico, en claro homenaje. “Aquellos jóvenes editaron en la revista Cántico lo mejor de la poesía que se publicaba dentro y fuera de nuestras fronteras. Su extraordinaria sensibilidad les llevó a hacer de la poesía una celebración de la vida cuando todo era gris en un régimen fascista. Crearon un universo de flamenco, pintura y poesía que supo fusionar nuestra mejor tradición con la heterodoxia de su sed vitalista y homoerótica”. El homoerotismo no es un elemento secundario. Recuerda De Villena que, cuando aún no estaba familiarizado con Cántico, otro poeta cordobés los calificó de excelentes poetas, “pero mariconas y santurronas todas”. Y, con la excepción de Mario López —heterosexual—, tal vez el homoerotismo fuese uno de los motivos que los hicieron incómodos en la Córdoba de posguerra. Durante su etapa de juventud, Ricardo Molina o Juan Bernier llenaron sus poemas de presencias misteriosas, figuras deseadas sin nombre ni rostro que se perdían entre las sombras de un jardín o un palacio crepuscular. Otros, como García Baena o Julio Aumente, enmascaraban el deseo en complicadas composiciones llenas de referencias arqueológicas, artísticas o litúrgicas. Sin embargo, cuando en los años ochenta y noventa algunos de ellos volvieron a escribir —Ricardo Molina, fallecido en 1968, no llegó a ver la rehabilitación de su obra—, sus alusiones se hicieron más explícitas. El de Aumente es el ejemplo más llamativo, y la biografía de De Villena, que lo frecuentó en aquellos años, cuando el cordobés era un heraldista y anticuario que vivía encerrado en un enorme piso madrileño atestado de antigüedades, explica cómo se forjó su poesía de senectud. En sus últimos poemas, publicados ya pasados los setenta años, Aumente dejó constancia de sus amoríos con jóvenes patinadores a los que conocía en el Paseo de Recoletos. Sus libros de principios de los noventa, como El canto de las arpías o Rollers, son poemarios eróticos, procaces y cultísimos, donde narra sus escarceos con chavales de extrarradio que no habrían desentonado en una película de cine quinqui, pero a los que describía como príncipes del Renacimiento. Aquello supuso un pequeño escándalo en el siempre minoritario ámbito de la poesía. “Entendí que aquellos libros eran muy novedosos, porque metía el habla de los chicos a los que trataba”, recuerda De Villena. “Seguía siendo esteticista, pero de un esteticismo distinto, con un refinamiento muy especial”. Ilustración basada en una fotografía de Julio Aumente, de Cristian Álvarez Mejuto.Julio Aumente falleció en 2006 sin apenas reconocimientos oficiales. García Baena, que murió en 2018, sí recibió numerosos premios y su obra completa ha sido publicada por primera vez en una extensa edición, en varios volúmenes, a cargo de Rafael Inglada en la editorial sevillana Renacimiento. La poesía de Aumente, Molina, García Baena o Vicente Núñez —un autor que, aunque apenas publicó en Cántico, sí estuvo muy cerca del grupo— está disponible en la editorial Visor. La de Bernier, junto a su estremecedor diario, en Pre-Textos. Incluso la consagración de María Victoria Atencia, que ha merecido este año el Premio Nacional de las Letras, se puede ligar a Cántico; aunque no perteneció a este grupo, la malagueña está más cerca de ellos que de ninguna otra generación.Todos estos textos, los de la posguerra y los de fin de siglo, son los que han llegado a las nuevas generaciones de poetas, que han encontrado en ellos una tradición distinta y transgresora, más cercana a sus sensibilidades. Autores como Juan Antonio González Iglesias, Victoria López Mata, Luis Bravo, Antonio Praena o Juan Gallego Benot citan a Cántico más que sus predecesores. Ángelo Néstore, responsable de la editorial Letraversal, especializada en poesía actual, lo tiene claro. “Para mí, releer hoy al grupo Cántico implica reconciliarnos con eso que durante décadas se ha despreciado como cursi”, apunta. “En García Baena, en Bernier o en Aumente hay una apuesta deliberada por la emoción, lo excesivo, la belleza, la sensualidad y lo ornamental, en un contexto que exigía sobriedad, virilidad y una contención también moral. Este exceso deliberado, con insistencia en lo afectivo y lo feminizado, ha sido una forma de disidencia política y vital, y se acerca a poéticas queer que huyen del academicismo y reivindican el derecho a escribir desde el deseo, la vulnerabilidad y el placer del lenguaje”. Casi setenta años después de publicar su último número, Cántico puede presumir de haber logrado algo inédito: un legado heterodoxo que sigue interpelando, desde la opresiva posguerra, a los poetas de hoy.
Liturgia, erotismo y disidencia: el grupo poético Cántico reivindica su sitio | Cultura
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