Cees Noteboom ya no volverá a Menorca, la tierra que durante años formó parte de su felicidad. Dijo alguna vez que él, holandés realmente errante, le pertenecía a España. Para él este país era el balcón que miraba a América Latina. Sentía que Lisboa era la diosa de Europa. El Hierro era para él una isla importante para entender el trayecto hacia la aventura de Colón. Siempre estaba cerca de un balcón, contando cómo veía el mundo. Sus libros son un largo viaje que ya solo se puede leer.Más informaciónNoteboom era en realidad de todas partes, y de Holanda, de donde se fue muy pronto, buscando el mundo y buscándose a él. Luego sus libros relataron la vida que miró. Lo acompañé, a él y a su mujer, Simone, al Teide. Enseguida se vio metido en aquella geografía hecha de silencio y lejanía. Como si aquello fuera un universo intacto al que él miraba como para dibujarlo.Estaba siempre, en los viajes y en la quietud, como si acabara de llegar y se fuera a quedar para siempre. Su mirada partía del suelo y enseguida se iba al cielo, o a los techos. Buscaba estar y no estar en los sitios. Menorca era su lugar de estar. Se frotaba las manos como para reconocerlas. Siempre al borde de las preguntas, quería saber más del mundo que pisaba. En Menorca lo acompañaba el mundo, y Simone, como el lugar chiquito que él buscaba.Me dijo que él había conocido muy pronto “el ruido del mal”. Fue a los siete años, en su casa de La Haya, el 10 de mayo de 1940. Entonces supo del estampido mundial, aquella guerra. Los bombardeos sobresaltaron la casa… Aquel pavor se le quedó para siempre. Muchos años después, en el tiempo de la pandemia, regresó a su memoria como si fuera otro estampido. “Abres la prensa o miras la televisión y te relatan contagios, muertos…, como algo abstracto, porque tú estás vivo, no estás en el hospital, pero sabes que en tus alrededores hay muchas personas que están enfermas y además sabes que un día podrías ser tú uno de ellos…”.Le pregunté si aquel sonido de las bombas nazis sobre La Haya seguía presente en sus recuerdos. “No se olvida”, me dijo. “Vivíamos cerca de un aeropuerto militar. Mi padre había puesto una silla en el balcón. Viéndolo retrospectivamente, me resulta muy conmovedor pensar que mi padre, que observaba la guerra desde su balcón, no supiera que él habría de morir en el bombardeo de La Haya cuatro años después. Nuestra casa quedó totalmente destruida… La guerra era ruido, bombardeos, aviones”.En ese momento, aquel hombre que fue el niño que rememoraba la guerra vivía la destrucción que significó la pandemia. “La pandemia es un silencio amenazador”. Ese silencio, le dije, cae sobre Europa, y él me dijo la esencia de un credo que está en muchos de sus libros: su pasión por Europa: “Yo creo en Europa. Y veo cómo algunos regímenes, como los de Hungría y Polonia, que no compartieron nuestro pasado, tampoco están compartiendo ahora nuestro presente”.En su casa de Menorca, una especie de templo agarrado a la tierra, tenía Cees Noteboom al lado un bellísimo estudio en el que él se sentaba a escribir o a mirar. Aquella guerra era muchas veces el motivo de su silencio. Me dijo una vez que todos éramos seres raros en el universo. Él era uno de esos raros, y allí, en aquel refugio rodeado de árboles que era su estudio, parecía estar alumbrado por todas las edades que tuvo. Una de esas edades seguía siendo la infancia, la casa perdida, el bombardeo.El estupor de entonces lo hizo el escritor mundano que fue, un trotamundos que se marchó de su casa a los 16 años y le dio desde entonces, hasta el fin, un abrazo asombrado al universo. Fue un escritor de viajes, o más bien un escritor viajando. España, desde el norte a Canarias, y América Latina, fueron centrales en esos viajes que son, además, títulos señeros de sus obras: El desvío a Santiago, Hotel Nómada, Perdido en el paraíso, Cómo ser europeos…En una de las entrevistas que le hice, en Menorca o en Madrid, o por teléfono, le pregunté qué le había quedado en su alma de trotamundos. Me dijo que él tenía “dos respiraciones”, y que una de ellas respiraba la paz y la otra respiraba poesía, esas fueron sus literaturas.Su casa era el mundo, y Menorca era la llamada de los veranos. Pero como viajero de alma que era se llevaba consigo todos los países que le dieron cobijo. Me dijo, “dos son mis casas… Una en Holanda, de 1730, una vieja casa en Ámsterdam, que está entre dos canales, donde tengo mi biblioteca”. A él le gustaba estar allí, “en esta piedra de Menorca, donde hay árboles en todos los lados. Menorca siempre está bien”.Era un hombre tranquilo, como un profeta. Creía en Europa y advertía, cuando eso aun no se decía en ninguna parte, que “Estados Unidos se ha vuelto un país muy extraño”. Su trabajo era mirar el jardín, contarlo, contar el mundo y los veranos de Menorca.

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