Valeria Palmeiro (Madrid, 36 años) es Coco Dávez desde que tenía 15 (“me divertía la idea del seudónimo, de inventarme un personaje”). Abre la puerta de su enorme estudio que acaba de inaugurar en Carabanchel (Madrid) este miércoles de temperaturas bajo cero. Artista fascinante y magnética, es creadora de Faceless, una colección que acaba de cumplir 10 años, rostros reconocibles sin rasgos.Pregunta. Creció en el sur de Madrid.Respuesta. Mi abuelo paterno tenía una perfumería en Usera. Empezó siendo una fábrica de jabón que luego se convirtió en droguería. Y yo viví en el barrio desde los siete años. Mis padres me tuvieron muy jóvenes, con 19 y 20. Mis abuelos habían vivido en Viveiro (Lugo), y luego la familia casi toda se mudó a Madrid.P. Feliz pueblo, Viveiro.R. Mis abuelos tenían un hotel, el Hotel Venecia, que estaba justo en la ría. Hoy es el actual conservatorio. Me queda algún familiar allí, pero como el hotel también era el lugar en el que vivían, al venderlo se fueron. P. Sus padres.R. Mi madre es comercial de hostelería y mi padre, después de llevar muchísimos años la tienda de mi abuelo, la traspasó el año pasado. Y ahora se dedica a vivir y a retomar el teatro, que le apasiona. Está escribiendo una obra.P. Y usted pinta desde…R. Siempre. Me recuerdo pintando en cualquier época. P. Y no fue buena estudiante.R. Repetí tres veces. Tercero de la ESO, primero y segundo de Bachillerato. Fui eso tan mal llamado de fracaso escolar, que es un término terrible.P. ¿Cómo lo llevaban sus padres?R. Fatal. Yo he pasado toda la adolescencia castigada. Mi padre se desesperaba porque me decía: “Si vinieses con todas suspendidas, pues mira, algo pasa. Pero es que no entiendo que me vengas con tres notables y el resto suspensas”. Me tenía por vaga.P. ¿Y qué pasaba?R. Que yo me aburría mucho en clase. Y pintaba todo el rato, en todas partes, no atendía. P. Futuro complicado.R. Pasé toda la infancia escuchando que tenía que estudiar Bellas Artes. Y yo pensaba: “Qué suerte, que he encontrado mi vocación”. Y sin embargo llegó la adolescencia y lo que escuchaba era que del arte no vivía nadie, que Bellas Artes no tenía salida. Los profesores me hacían ver que eso no era un destino claro, que me centrara de una vez. Bachillerato para mí fue muy complicado. La diferencia de edad ya se notaba un huevo. Me sentía la madre de los demás. Yo entraba en septiembre por la puerta y era como “ah, repetidora, vete a la última fila que está claro que esto no te interesa”. Era muy injusto.P. ¿Qué le salvó?R. La rebeldía adolescente. Cuando a mí me interesa algo, me interesa mucho. Y sentía que en los estudios se premiaba mucho la memoria y poco el interés.La ilustradora Coco Dávez en su estudio.Álvaro GarcíaP. Entiendo que Dibujo era una de las asignaturas de los notables. R. Yo llegué a suspender Dibujo. En cuarto de la ESO la actividad de dibujo cambiaba. Se volvía un poquito más profesional y se dividía la clase en dos: dibujo artístico y dibujo técnico. Y a mí me dijeron que yo era muy buena en técnico. Yo dije: es que a mí me gusta lo artístico. Ya, pero tú eres buena en técnico. Y suspendí. Pero es que no pasaba por el aro.P. ¿Qué hizo al acabar?R. Mi padre me propuso un año para mí. Eso me gustó mucho de mi padre: él decía que era muy raro que con 18, 19 o 20 años tengas claro lo que quieres hacer. “Entonces viaja, vive, conoce gente y luego ya te pones a hacer lo que quiera”. Y como yo escuchaba que los idiomas abren puertas, me fui a Londres.P. En 2010.R. Un clima muy gris en España, plena crisis. A toda mi generación se nos dijo lo de “estudia y tendrás una vida asegurada”. De pronto toda esa gente no tenía una vida asegurada, y había estudiado para nada. No había trabajo ni futuro. En Londres siento por primera vez la posibilidad de una vida artística. Yo llegué con la idea de trabajar de camarera, de lo que sea, pero tuve mucha suerte: a la primera persona que conocí fue a un fotógrafo, Daniel Gil, y empecé con él como asistente de foto. Me preguntó cuánto dinero tenía para pagarme una escuela. Yo llevaba 4.000 pavos en el bolsillo y pensaba que era rica. Me dijo: “Esto es lo que cuesta una matrícula casi al mes, en una buena escuela”. Y me propuso trabajar con él: “No te puedo pagar, pero te puedo enseñar”. P. ¿Le gustaba la fotografía?R. Creía que sí, pero me di cuenta de que no era lo que esperaba. Era foto de moda y eso. ¿Qué echaba de menos? Pintar. Entonces vuelvo a pintar. El primer retrato que hago fue al fotógrafo en agradecimiento. Y entonces lo cuelga en Facebook. P. Y empiezan a moverse los dados.R. Pasó una cosa muy divertida: una amiga suya que vive en Estocolmo le dijo: “Oye, quiero hacerle una entrevista a esta chica que te ha retratado”. Quedamos por Skype. Yo pensaba que era una entrevista de trabajo. Entonces me conecto y me suelta: “¿Cómo empezaste tu carrera?”. Tuve que pensar muy rápido la respuesta. Había dos vías: o decir que todo era un error y aclarar el malentendido, o tirarme el pisto.P. Se lo tiró.R. Con toda la cara. Le hablé de mi carrera de ilustradora y tal. Pero claro, al final de la entrevista me dice: “Oye, mándame unas cuantas ilustraciones para introducirlas en el artículo”. Y yo: “Sí, sí, claro, dame tres días para que te elija lo mejor de mi porfolio y te lo mando”. Hablé de mi carrera inexistente y ahí empezó mi carrera. Pasé día y noche pintando, pintando y pintando.P. Maravilloso. Creó la obra para justificar a la artista.R. Totalmente. El trabajo luego se lo mando a ella y lo cuelgo en Facebook. P. Y los dados siguieron moviéndose.R. Yo no sé cómo ocurren estas cosas, pero ocurren. Me escribe un amigo y me dice: “Oye, el padre de una amiga te quiere hacer un encargo”. Yo pensé: “Pues habrá visto los retratos y es mi primer encargo”. Vale. Y el padre de esta amiga resultó ser Rodrigo Sánchez, director de arte de El Mundo. Que me dijo: “Oye, quiero que empieces a colaborar con el periódico”. Fue un subidón de hostia. No había pasado ni un mes y ya me estaban ofreciendo trabajo. Y tenía seis ilustraciones. P. ¿Cómo fue?R. Quedaron en llamarme en un mes. Y cuando pasó una semana me empecé a acojonar. Porque claro: la mentira estaba llegando muy lejos. Entonces le escribí de nuevo a Rodrigo: “Oye, Rodrigo, gracias por la oportunidad, pero yo realmente no he estudiado ilustración, no tengo estudios. Lo que has visto en Facebook es todo lo que tengo, es todo mi porfolio”.P. Tremendo ataque de honestidad.R. Entonces él me escribió la mejor respuesta que me han dado nunca. “¿Crees que no me he dado cuenta de que te falta técnica, seguridad en el trazo”, y no sé qué más. “Pero veo una cosa que no veo tanto: las ganas que tienes”. Y ahí estuve cinco años en el periódico, que para mí fue la gran escuela.P. ¿Compartía piso en Londres?R. Vivía en una residencia de monjas compartiendo habitación. Fue toda una experiencia. Con los años pienso que en mi casa yo echaba de menos no sé si ciertas reglas o cierta disciplina. Me hacía gracia vivir en una residencia donde tenía horarios y tenía que ir obligada a ciertas misas o cosas así, que mis padres no son ni creyentes ni nada. Estaba muy bien de precio en un barrio estupendo que es Kensington, 85 euros a la semana. Y me dije: “Pues me quedo aquí aunque tenga que volver a las diez a casa”.P. ¿Se enteraba de la misa?R. La mitad. Pero allí dentro había mucha vida en español, muchas monjas eran españolas.P. ¿Qué dijo su familia cuando la tripetidora empezó a ilustrar en un periódico nacional?R. Yo lo compaginaba con todo tipo de curros. Muchos cátering, por ejemplo. Y cuando les contaba que iba a hacer una portada para Metrópoli, mi madre me decía “muy bien, pero cuántos cátering tienes este mes”. Es decir: dame seguridad, no me hablas de esto. Y Faceless fue cuando empezaron a ver que esto iba en serio. P. Faceless ha cumplido diez años.R. El primero fue Patti Smith. Acababa de leer Éramos unos niños, un libro que me fascinó. Y le hice un retrato, con sus rasgos y todo. Me apetecía mucho retomar los pinceles. Y con acrílico, que no había pintado jamás. Pinto, pinto, pinto, pero el resultado es catastrófico. Nunca había usado esa técnica. Y dije: “Voy a borrar todo”. Y borrando, borrando, borrando yo seguía viendo a Patti. Ahí algo se encendió y a la vez me divirtió. Yo creo que lo que me faltaba era diversión en lo que hacía. Durante todos esos primeros años estaba muy feliz de dedicarme a pintar y vivir de esto, pero a la vez todo era un encargo. Yo pensaba en mi porfolio y no colgaría nada en mi casa porque todos son, yo que sé, políticos, cosméticos, o sea, no tenía tiempo para pintar para mí. P. De la mano de Patti Smith.R. Pensé que quizás solo la veía yo sin su rostro. El segundo que hice fue David Lynch. El tercero fue Picasso. Luego vino Cher. Y yo lo que hacía era colgar un retrato en Instagram y jugaba a ver si lo adivinan. Y de alguna manera fui creando este quién es quién contemporáneo. Y creando una colección. P. ¿Usted cómo está ahora?R. Vengo de unos años complicados y siento que ahora empiezo a estar bien desde hace unos meses. Tengo la sensación de que se ha cerrado un ciclo y de que está bien que se haya cerrado, y empieza otro en el que poder volcarme en proyectos que me hacen mucha ilusión. El haber traído toda la colección a casa me ha reconectado. A lo mejor suena un poco tonto, pero que venga un cliente y yo lo reciba en el estudio y conozca un poco de esa persona, y sepa dónde va a vivir mi obra, me emociona un montón. Mandaba cuadros a Londres, por ejemplo, y se vendían, pero yo no sabía a dónde iban. Había una cosa un poco rara que me empezó a entristecer sin darme cuenta. P. ¿Se entiende mejor a sí misma a través de su obra? R. Esto es un poco raro, pero yo he entendido la obra de Faceless este verano. A mí lo que me ha pasado toda mi vida es que me costaba mucho todo. Me costaba trabajar, me costaba socializar. Y entonces me empecé a preocupar porque digo a ver si es que yo vivo deprimida y no lo sé. Porque frecuentemente tengo períodos de mucha fobia social, de muchas dudas, de mucho rumiar. Fui a una clínica con psicólogos y neurólogos para que me dijesen qué pasa. Entonces, después de muchas pruebas me dijeron que tenía TDAH y altas capacidades. Yo pensaba siempre: “Ahora todo el mundo tiene TDAH y no sé qué” y van y me lo diagnostican a mí. Y entendí Faceless. A mí estas obras me dan un chute de energía tremendo.

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