Peñalosa, el poblado minero de la Edad del Bronce que mejor se conserva del sur peninsular, ha sacado a la luz los restos de un banquete masivo de hace casi cuatro milenios, un hallazgo que obliga a replantear la vida social de una de las culturas más enigmáticas de la prehistoria: la argárica. En este yacimiento enclavado junto al pantano del Rumblar, en el municipio de Baños de la Encina (Jaén), un equipo de arqueólogos ha localizado una fosa circular de pizarra y mortero de barro donde había depositados más de 2.000 fragmentos óseos y restos animales.Más informaciónLa investigación, realizada por especialistas de la Universidad de Granada y del CSIC y publicada en el Journal of Archaeological Science, ha documentado que cinco caballos adultos fueron sacrificados y consumidos durante el evento. Los expertos consideran que la carne de caballo, muy apreciada por su rareza y por el esfuerzo que suponía su crianza, simbolizaba entonces prestigio y jerarquía social. Este tipo de festines se convertía así en escenario de afirmación social, expresión de abundancia y ocasión para sellar pactos o celebrar logros, algo que solamente estaba al alcance de las élites locales.Pero, además de caballos, la investigación ha revelado que los comensales degustaron vaca, cerdo, ciervo, conejo y liebre, con claras evidencias de carnicería y despiece. La ausencia de partes anatómicas completas confirma que se trató de los restos de un gran festín. Casi la mitad de los huesos presentaba cortes realizados con herramientas de piedra o metal, lo que indica un despiece cuidadoso. Los caballos muestran el mayor porcentaje de marcas, con un 60% de los fragmentos afectados. La variedad de partes del cuerpo representadas demuestra que se consumieron desde piezas con abundante carne hasta trozos menores, quizá distribuidos entre distintos grupos.En la publicación, firmada por el equipo de arqueólogos compuesto por Lucía Tinoco, Marta Moreno, Auxilio Moreno y Francisco Contreras, se descarta que se tratara de un banquete funerario como los documentados en otros yacimientos vinculados con la cultura del Argar. La mezcla de especies, la forma de depósito y la ubicación en un área de tránsito de la acrópolis apuntan a un acto social distinto. Son varias las hipótesis que los arqueólogos barajan sobre la finalidad que tenía este tipo de festines. Entre ellos apuntan a la existencia de un ritual vinculado a la minería y metalurgia, actividades cruciales en Peñalosa; a un evento político organizado por la élite para reforzar su prestigio o bien una ceremonia comunitaria destinada a cohesionar al grupo.El hallazgo de Peñalosa ha confirmado esta dimensión pública y ceremonial de la comida. Además, la posición elevada del recinto y su cercanía a las viviendas principales sugieren que la reunión tuvo lugar en un espacio reservado a los grupos dirigentes.Los poblados argáricos como el de Peñalosa se extendió durante 4.000 años por las provincias más orientales y del este de la península. Sobre los acantilados de pizarra, su majestuoso cerro y sus laderas se construyeron las casas sobre un terreno a modo de escalones que se comunican entre sí por calles estrechas y pasillos. Los habitantes de este poblado explotaron las riquezas mineras del valle, desde la extracción, reducción y fundición del metal a la fabricación de útiles y lingotes.Banquetes como control políticoLa excavación en Peñalosa ha permitido observar con detalle la estructura social de la cultura del Arga. La investigación ha constatado que las élites de la Edad del Bronce no se limitaban a controlar la producción agrícola o metalúrgica, sino que utilizaban los banquetes como herramienta política. Y eso al considerar que reunir a los habitantes en torno a la carne de un animal de prestigio creaba vínculos y dependencias. Además, según se pone de manifiesto en la publicación, el reparto de las piezas de animales entre los asistentes pudo servir para afirmar la jerarquía, otorgando a cada grupo una parte específica. El resultado del análisis del conjunto faunístico de la fosa localizada arroja luz sobre el mundo de los rituales argáricos y ofrece un ejemplo material de la comensalidad practicada por estas comunidades. “Este consumo comunitario sirvió para generar memoria y fortalecer, estructurar y mantener la organización e identidad social de las comunidades argáricas, a la vez que resaltaba las desigualdades y fomentaba los lazos comunitarios”, apuntan los investigadores.A su juicio, los límites en estas celebraciones entre lo ritual simbólico y lo funcional o económico siguen siendo confusos. Numerosos ejemplos etnográficos y antropológicos revelan que los rituales con animales son bastante comunes. Sin embargo, este evento específico debió representar una ocasión significativa en Peñalosa, ya que consumir una cantidad tan grande de caballos y otras especies no era común. “Estos datos amplían la imagen de una sociedad más flexible y compleja de lo que se pensaba, donde la comida actuaba como medio de negociación y control”, agregan los arqueólogos.

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