
En la comunidad en la que vivo hay una mujer cuyo novio presuntamente estafó 300.000 euros a Hacienda haciendo negocios en plena pandemia, y cuyo hermano se llevó otro tanto importando mascarillas desde China. No hablo de mi comunidad de vecinos, ya sabéis, ese tipo de cosas nunca le pasan a tu vecina, sino a esos que salen en la tele diciendo que son nuestros representantes, paradójicamente. Cuando muchos vemos a Mazón, a Miguel Ángel Rodríguez o a Ayuso, siempre pensamos lo mismo, ¿de dónde ha salido esta gente?, ¿cómo han llegado ahí? Si el objetivo de la democracia es sentirnos representados por los que nos gobiernan, algo estamos haciendo mal, porque no se parecen en nada a nosotros. Algunos dicen que nuestros representantes no se parecen en nada a nosotros porque el poder corrompe, pero hay algo aún más profundo que suele pasar desapercibido, y es que para llegar arriba hace falta pasar por un filtro que selecciona a un tipo de personalidad muy concreta, y que deja fuera a todos los demás, algo que no solo ocurre en la derecha, sino en todo el rango político. Fui consciente de este proceso de expulsión natural recientemente, en el partido que mejor representa mis ideas, Más Madrid. Hace unos años me afilié y empecé a ir a las reuniones mensuales, porque quería ver cómo podía aportar mi granito de arena. Por desgracia, la hora a la que se hacían las reuniones coincidía con el horario de dormir de mis hijos, así que de forma natural la propia dinámica del grupo me expulsó, sin que nadie se diera cuenta ni lo hiciera adrede. Además de los horarios, el no conocer a la gente y ver que ellos sí tenían ya buenos lazos, me hizo sentir fuera de lugar desde el principio. Al final dejé de ir, y con el tiempo se hizo cada vez más extraño volver. Fue así como entendí que en los partidos se tienden a crear unas dinámicas que expulsan la heterogeneidad que hay en la calle, generando un tipo de personalidad y pensamiento muy homogéneo, casi sin darse cuenta.Más informaciónCon el tiempo he ido aprendiendo que este era solo el primero de muchos filtros que los partidos aplican sin darse cuenta a los miembros que los componen. Una vez has logrado adentrarte en la dinámica del grupo, viene el segundo filtro, mucho más agresivo; conseguir llegar arriba. Y no siempre es el más empático, ni el más sensato el que llega arriba, sino el que mejor aguanta el barro. El que no se rompe ante las críticas continuas y los ataques personales. El que teje alianzas y acumula favores. Para eso no solo hace falta tener mucho tiempo y energía, también hay que ser ambicioso y competitivo. Esas no deberían ser las cualidades principales de un político de izquierdas, pero es así. De forma natural y sin que nadie lo haya montado así, los partidos se han convertido en máquinas de selección de un tipo humano muy concreto, que tiene muy poco que ver con la mayoría de la gente. La lista de filtros maquiavélicos que colocan en el poder al que menos lo merece es infinita, y cuando uno pone el foco en ella empieza a verla por todas partes, desde las personas que lideran las asociaciones de padres hasta quien acaba siendo el presidente de la comunidad de vecinos. ¿Por qué tan habitualmente nos caen mal nuestros jefes, por ejemplo? Porque en las empresas opera el mismo filtro perverso que en los partidos: arriba no llega quien trabaja mejor, sino quien sabe jugar mejor al juego del poder. Lo llamamos meritocracia, pero habitualmente lo que opera en realidad es la traicionocracia, con algo de contactocracia y a veces también sobornocracia. Por eso me hizo tanta gracia escuchar a Milei decir recientemente en una entrevista que, si las mujeres de verdad cobraran menos por hacer el mismo trabajo, las empresas contratarían solo a ellas para ahorrar costes, y terminaríamos con los consejos de dirección llenos de mujeres. Cualquiera que haya trabajado en una empresa lo sabe, los que llegan arriba no son nunca los que mejor trabajan, sino los que mejor aparentan trabajar, los que en el momento de presentar los resultados hablan más alto, venden mejor sus logros y, en casos extremos, se adueñan del trabajo de otros sin remordimientos. En este contexto, las mujeres —educadas históricamente para no interrumpir ni alardear — parten con desventaja. Las empresas, como nuestras democracias, deberían tener más cuidado con estos filtro invisibles, ya que la razón principal por la que los trabajadores dejan sus trabajos son sus jefes, una gran pérdida de talento que se podría solucionar si tan solo se empezara a escuchar en las reuniones a los que nunca levantan la voz. La paradoja de los filtros que seleccionan líderes tóxicos se da incluso en aquellas instituciones en las que parece que los filtros son objetivos, como las oposiciones a juez. Manuela Carmena lo contaba en su último libro, al mencionar la cantidad de personalidades cuadriculadas que había encontrado entre los miembros de su gremio, personas brillantes, sí, pero con una rigidez mental que a menudo les impedía ver más allá del texto literal de la ley. El primer filtro en este caso es el que ya todos conocemos; para ser juez hay que pasar años estudiando sin trabajar, algo que excluye a un sector enorme de la sociedad que no puede permitírselo. Pero hay un filtro extra que homogeneiza aún más a la judicatura, y es el hecho de tener que memorizar códigos y artículos por meses e incluso años, con una disciplina casi militar. El resultado es una élite judicial más parecida entre sí de lo que sería deseable, con poca comprensión del contexto social que hay detrás de cada delito. Debería ser condición necesaria que los jueces, además de conocer las leyes, entendieran también las vidas que hay detrás de las personas que han cometido un delito, para que la aplicación de las penas tenga el principal objetivo de evitar que esas personas vuelvan a cometerlo. Estos filtros —partidarios, corporativos, judiciales— son diferentes en su forma, pero coinciden en el resultado: fabrican élites desconectadas del pueblo. Personas que creen que por haber llegado arriba son los más apropiados para ejercer el cargo, cuando los méritos que los hicieron llegar ahí son la dureza, la ambición o la capacidad de competir, nada que ver con lo que habitualmente se necesita de ellos. No es de extrañar así visto que los ciudadanos sintamos que nadie nos representa, ya que las propias instituciones están diseñadas para seleccionar perfiles que se alejan, por naturaleza, de la calle.Un poco de azar para salvar la democracia¿Hay solución? Parece que sí, pero para conseguir implantarla tendremos que quitarnos de encima un prejuicio muy arraigado en nuestra sociedad, la idea de que solo los que aprueban exámenes y demuestran logros tienen derecho a llegar arriba. El escritor holandés David Van Reybrouck, en su libro Contra las elecciones, propone una idea provocadora para solucionar el problema de la falta de representatividad real en nuestra democracia: volver a una forma moderna de sorteo, como se hacía en la antigua Atenas, para que el poder no sea monopolio único de quienes mejor sobreviven a los filtros. En otras palabras, introducir aleatoriedad entre las personas que llegan arriba en nuestras instituciones. Él pone como ejemplo los juicios populares. En estos elegimos a ciudadanos al azar para decidir si alguien es culpable o inocente. No saben de leyes, pero saben lo que se siente al vivir con un sueldo justo. No son jueces, pero añaden un soplo de aire fresco y humano a la mecánica aplicación literal de las leyes. No sustituyen plenamente a la judicatura, pero aportan un componente democratizador al sistema. Según Van Reybrouck, si ya lo hacemos en la justicia, ¿por qué no aplicarlo a la sociedad en su conjunto? De esta manera podríamos incluir en los parlamentos o en los ayuntamientos un cupo de ciudadanos elegidos por sorteo, vecinos y vecinas que no han pasado una oposición, pero puedan opinar mejor que nadie sobre las políticas que les afectarán directamente. No es cuestión de sustituir a los representantes, sino de equilibrar los filtros que hoy monopolizan el acceso al poder. No se trata de destruir los procesos de selección actuales, sino de abrirlas, para que pueda entrar al vecino tímido que tiene buenas ideas pero nunca se atreve a compartirlas, o el joven que no quiere hacer carrera política pero sí mejorar su barrio.El mayor problema de nuestra democracia no es cómo votamos, sino a quién se permite llegar a ser votado. Si las instituciones solo dejan pasar a quienes cumplen con sus filtros invisibles, la pluralidad social nunca llegará a los órganos de decisión. Si cada cuatro años votamos, pero solo podemos elegir entre quienes han sobrevivido a un filtro muy estricto de favoritismos y alianzas, ¿estamos realmente eligiendo algo? Una democracia donde los de arriba no se parecen en nada a los de abajo es una democracia frágil. Solo cuando los que deciden empiecen a parecerse más a los que se benefician de esas decisiones, podremos decir que vivimos en una democracia que nos representa de verdad.
¿Por qué nuestros gobernantes no se parecen a la gente con la que compartimos ascensor? | Salud y bienestar
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